Me encanta vivir – Testimonio de Zulma
Me encanta vivir
En diciembre se cumplen 43 años de mi primer diagnóstico de cáncer de mama. Esta es parte de mi historia: los tratamientos, los miedos, el amor y todo lo que seguí construyendo.
Tenía apenas 24 años y una hija de siete meses cuando recibí el primer diagnóstico. Era un cáncer in situ y me trataron con cirugías.
A los 40 años llegó un nuevo diagnóstico: carcinoma ductal infiltrante. Pasé por una mastectomía, la extracción de ganglios y quimioterapia. Un año después, tras otra cirugía, sufrí una infección muy grave. La recuperación me llevó más de dos años y también me dejó muy afectada psicológicamente.
Después de aquel período tan oscuro, estuve casi 13 años libre de enfermedad.
Hace 12 años me diagnosticaron metástasis en huesos, pulmón, pleura y otras partes del cuerpo. Los primeros tiempos, con la falta de aire, fueron muy difíciles. Desde entonces atravesé distintos tratamientos, radioterapia y cambios de medicación. También tuve que aprender a convivir con sus efectos y con las limitaciones que fueron apareciendo.
Todo lo que pasó mientras tanto
Cuando empezó esta historia tenía a mi mamá, mi papá, mi abuela, mi hermana y muchos otros seres queridos que hoy ya no están. Ahora tengo 67 años. Mi hija tiene 43 y me dio dos nietas divinas.
No sé cuántas veces estuve realmente cerca de morir. Sí sé que muchas noches me fui a dormir pensando que podían ser las últimas. A la mañana siguiente agradecía un nuevo día.
En estos años perdí partes de mi cuerpo, atravesé despedidas y sentí que moría y renacía muchas veces. Cada vez fui cambiando. Me sentí más fuerte espiritualmente, más sabia. Creo que todavía estoy construyendo mi mejor versión.
También estudié, hice una carrera universitaria y me recibí a los 50 años. Viajé a Europa, nadé en el Mar de Cortés y, aunque no pude hacer buceo, hice snorkel en los arrecifes de Cozumel. Hice muchos viajes y espero hacer muchos más.
Creé cosas maravillosas. Me encanta vivir.
Una quimioterapia de amor
Mis médicos fueron fundamentales para salir adelante. Y también el amor.
Mi hija y mis nietas me dan, día tras día, lo que yo llamo una “quimioterapia de amor”. Mi marido y yo llevamos más de 46 años de historia: nos separamos, nos enojamos, nos perdonamos y volvimos a construir acuerdos para convivir.
Mis creencias también me acompañan. Dejé de temerle a la muerte como antes y empecé a pensarla como otra etapa. Me sostiene la idea de volver a encontrarme, de alguna manera, con quienes ya no están.
No sé cómo transmitirles optimismo. Solo sé que me gusta vivir y que, mientras vivo, sigo creando.
Lo que también cuesta
A veces siento mucha lástima por mí. Entonces me consuelo, me abrazo, me acaricio. Me recuerdo todo lo que atravesé.
Ahora me cuesta más caminar, así que encontré otra manera de moverme: caminar en el agua.
Aunque esté rodeada de gente, hay una parte de esta experiencia que vivo sola. Sola en la quimioterapia, en los rayos, en los vómitos. Una vez una amiga me dijo: “Contá conmigo para lo que sea”. Y yo le contesté: “Bueno, andá a hacerte la quimioterapia por mí”.
A veces escucho que los amigos se alejan con el tiempo. Y pienso: ¡si hasta yo quise escaparme de mí tantas veces!
También encuentro compañía entre otras mujeres que atraviesan esta enfermedad. A algunas pude conocerlas, abrazarlas y compartir momentos de vida. Año tras año pierdo amigas y compañeras de ruta. Es muy triste. Genera impotencia y una pesadumbre difícil de llevar.
Aprender a vivir con otra realidad
Cuando me diagnosticaron la enfermedad en etapa IV, me hablaron de una expectativa de vida que yo sentí como un límite. Hoy llevo 12 años desde aquel diagnóstico. Esa es mi experiencia, mi recorrido.
Con el tiempo fui sumando profesionales: oncología, cuidados paliativos y dolor, endocrinología, dermatología, psicología, cardiología. Todos los que fui necesitando para seguir viviendo y andando.
Para mí, recibir un diagnóstico de cáncer avanzado fue sentir que la vida que conocía había desaparecido. Tuve que aprender a vivir con una nueva condición, encontrar otras maneras y resignificar muchas cosas.
El cáncer no espera
A todo lo que atravesamos se suman las dificultades burocráticas con las obras sociales, las prepagas y la salud pública.
Los estudios y los tratamientos son muy costosos. Las demoras y las interrupciones generan incertidumbre y un desgaste enorme. A veces el desamparo se siente insoportable.
Por eso reclamo que las personas con cáncer avanzado podamos acceder a los apoyos económicos y de discapacidad que necesitamos, incluso cuando seguimos trabajando. Que tengamos acceso a la medicación, al tratamiento de sus efectos secundarios y a una red de contención que haga más amable este camino.
Necesitamos más investigación, más empatía y respuestas a tiempo.
Comparto mi historia en honor a mis amigas que partieron tan tempranamente. Ellas siguen siendo nuestra guía e inspiración.
Más investigación para más vida. El cáncer no espera ni conoce burocracias.



